miércoles, 3 de octubre de 2012

Vacío

Ella se giró hacia él, y pareció reconocerlo. Ladeó la cabeza, con la mirada perdida, y dio un paso. Tan solo uno. Las lágrimas caían por el rostro del anciano, que la observaba fijamente. Su mujer, su vida, la persona que le había robado el corazón cincuenta años atrás, cuando era tan solo un arrogante imbécil al que le preocupaban más las faldas que los asuntos del corazón.

Ella dio otro paso. Él recordó su boda. Como lucía de blanco, en aquella iglesia junto al mar. La gente sonriendo, su padre orgulloso, la muchacha pletórica que portaba en su dedo el anillo que tanto esfuerzo le había costado, y que había pagado orgulloso, con el sudor de su frente.

La distancia cada vez era más corta, pero parecía que el trayecto era eterno. El nacimiento de su hijos, un muchacho y una chiquilla, gemelos. Las noches enteras sin dormir, contándoles historias de la guerra. Del tiempo que había pasado en Francia, donde conoció a su madre. Dos pares de ojos verdes clavándose en él, mientras se cerraban poco a poco, cargados de sueño, pero muy atentos a la cálida voz que los reconfortaba. Dos pares de ojos verdes, como los de su madre.

Tan solo faltaban unos milímetros y ella alzó los brazos, queriendo rodear el cuerpo, manteniendo la mirada fija en él. La boda de su hija, y su propio hijo en la universidad. Sintió el orgullo de su padre, y comprendió lo que significaba la vida. No la suya, sino ayudar a que la de los demás sea una vida feliz. Y entonces, la empujó, apartándola de ella, con el rostro empapado en lágrimas, y en con un grito más propio de una bestia descontrolada, apuntó a la cabeza de la que había sido su esposa, y disparó. Tratando de contener el llanto, le quitó la alianza y se la guardó en el bolsillo del pecho.

-Casi te coge... deberías haber disparado antes...

-Ha sido como ha sido. No volveremos a hablar de ello. 

-Deberías haberme dejado disparar a mi. Podrías haber acabado... -Se tragó el final de la frase. Ninguno de los presentes quería oírlo.

-Entonces ni siquiera tú hubieras tenido derecho a dispararme. Ese derecho corresponde a mi hijo, aquí presente. 

-¿Porqué, padre? -Preguntó una tercera figura.

-Porque desde que empezó esta locura, y los muertos no quieren quedarse en sus tumbas, nadie debería hacerse cargo del descanso de quien no le corresponde. Conocía a mi mujer, lo fue durante medio siglo. Fue vuestra madre, y mi esposa. Y esta ya no lo era... La piedad, solo puede otorgarla quien de verdad comprende el valor del sacrificio que esto supone. Acabar con ellos antes de que te muerdan, y te unas a esa blasfemia que es ir pudriéndote mientras devoras carroña por las calles. Por eso, hijo... no te haré partícipe de esa carga. 

Y sin previo aviso, y para evitar que aquella persona que amaba con locura, tuviera que hacer lo que él acababa de hacer, apoyó a toda prisa el cañón de la pistola, que tantas veces le salvó durante la guerra, en el interior de la boca, y apretó el gatillo, esperando que al final, hubiera paz, y no tanto dolor y sufrimiento.