sábado, 29 de septiembre de 2012

Legendarium

Y entonces, de la oscuridad y el caos nació Sol. Un guerrero que se alzó en batalla contra los demonios que acosaban al mundo que le habían dado vida.

 Armadura dorada, portadora de luz cegadora, y espada de fe eterna en mano, era como los enemigos lo verían. No temía ni se fatigaba, y su única ocupación era lucha, y acabar con las bestias que sembraban el miedo en los corazones de los hombres. Pero se sentía muy solo. 

Los Dioses supieron ver su rostro, fatigado y marcado por las lágrimas. No tenía descanso su lucha, tratando de controlar todo el mal que seguía libre, y decidieron recompensarlo. Se sorprendió al ver oscurecer el mundo, y pensando que se trataba de un nuevo enemigo trató de atacar, pero no pudo. Se detuvo su avance cuando observó a un joven, que alumbraba al mundo, con luz titilante y tenue. 

No había una sonrisa en su rostro, pero sus ojos valían por mil sonrisas. Enseguida se enamoró de ella, pero los Dioses les prohibieron acercarse, de modo que en secreto mandaba todas las noches un pájaro veloz, batiendo las alas más rápido que ningún otro ave, pues el tiempo apremiaba, para enviarle las palabras que él mismo no se atrevía a decir. 

Así supo que se trataba de la Dama Luna, y que ella había nacido temerosa, sin más motivo que hacer compañía al guerrero, y que nadie la había creado para que ella tuviera que quererlo a él. No podía quererle, pero debía ser amada. 

Montó en cólera el Guerrero Sol, frustrado por la suerte que los Dioses le habían concedido, más irónica que como premio a sus méritos, e incapaz de descargar su ira, volvió a llorar, tratando de olvidar. Pero como todos sabemos, al olvidar dejamos atrás, y tras el día en el que brilla El Sol, llega la noche. Y esa noche en la que la Luna se miraba en el espejo que era el mar, pudo ver llegar a las lágrimas del sol, ardientes, y formaron las estrellas a su alrededor. 

Dama Luna, en ese instante, se enamoró perdidamente, comprendiendo el dolor del Guerrero Sol, y sintiendo su soledad como propia. Los Dioses, que son severos pero no crueles, permitieron entonces a Sol y Luna encontrarse cada cierto tiempo, y aliviar la carga de sus miedos y su soledad. 

viernes, 14 de septiembre de 2012

Frustración

Allí estaba a salvo. En su rincón, rodeado de oscuridad, no le hacía falta ver. No quería ver. Acurrucado en la esquina, sentado en el suelo, abrazándose las rodillas. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba llorando. Igual era mejor no saberlo.  

No dormía, una noche tras otra las pesadillas se apoderaban de su mente y le torturaban. En ocasiones era un perro negro, con los ojos enrojecidos y brillantes como la misma luz del sol, que caminaba hacia él dislocando las articulaciones, vomitando ascuas. Le perseguía, y a pesar de todo lo que pudiera correr, el perro siempre estaba allí. 

Tenía suerte cuando solo eran visiones de la guerra. Oír las bombas a su alrededor, siendo las explosiones la única luz en mitad de la noche. Arrastrándose por el fango, entre trincheras, bajo metros y metros de alambre de espino donde se le enredaba la ropa. Escuchaba los disparos, sin prestarles demasiada atención, eran más terribles los gritos de los que agonizaban a su alrededor. 

Deseaba que no volvieran las visiones en las que caminaba entre grotescas personas que se reunían alrededor de un caldero, cocinando algo que no acertaba a identificar, y que seguramente no quería saber de qué se trataba. 

Lanzó un grito, un verdadero lamento desde lo más profundo de su alma, y comenzó a reír a voces, mientras las lágrimas volvían a caer por su rostro. Comenzó a arrancarse la ropa, a tirones, y cuando estuvo desnudo por completo, clavó las uñas, alargadas y mal formadas por habérselas mordido. Sintió la quemazón del dolor, y la calidez de la sangre brotando, pero no se detuvo. Las clavó de nuevo en el pecho, como si intentara arrancarse el corazón. 

Tratando de abrir la cavidad torácica, sin éxito alguno, golpeó la cabeza contra la pared, una y otra vez, para desviar el dolor, mientras apretaba más con las manos desnudas, alternando con furiosos puñetazos. Y al fin, cedió. Pero no sangró, ni pudo ver sus huesos, ni oírlos crujir. Introdujo las manos, en lo que él entendió como un momento de felicidad, y haciendo un titánico esfuerzo, tiró hacia fuera con todas sus fuerzas, y observó que dentro solo hallaba oscuridad. 

Sin terminar de comprender, y sintiendo un dolor tremendo, se oyó un zumbido y un siseo, y en ese mismo instante, millares de serpientes y arañas comenzaron a brotar del hueco, como si de un nido en un tronco hueco se tratara. Sus gritos se elevaron de tono al contemplar todo aquél despliegue de arácnidos y ofidios huir de su pecho, sus lágrimas de sal se volvieron sangre y la vista se le nubló. Gritaba, pues se sentía impotente, no había nada que hacer, y no comprendía. Escapaba a toda realidad, solo deseaba que fuera otra pesadilla, y cerró los ojos. 

Cuando los abrió, se encontraba flotando en un lugar completamente distinto a donde había estado. Todo de blanco, cubierto por una especie de bruma blanca, y una calidez agradable. Vestía unos pantalones blancos, nada en los pies o el pecho, donde podía observar infinidad de pequeñas cicatrices enrojecidas, no superior a un centímetro ninguna de ellas. Deseó que aquello fuera la muerte. Que aquello fuera el cielo, si así podía llamarlo. Que fuera por fin la paz que había anhelado tantas noches. Que al final hubiera enloquecido y en uno de sus arranques de ira hubiera muerto, y ahora estuviera a salvo. 

Un golpe en el pecho le cortó la respiración varios segundos. Un segundo golpe, un tercero, y así varios. Hasta que se detuvieron. Comprendió que era libre...

El médico se acercó a la mujer con tono solemne  y negó con la cabeza. Pudo ver a la madre desmoronarse y a una muchacha joven acercarse a ella, para sujetarla y que no se hiciera daño al caer. La obligó a sentarse en una silla de ruedas y le dio de beber del vaso de agua que había ido a buscar. Mientras esta bebía, se secó las lágrimas y sus ojos quedaron clavados en el objeto que sostenía entre las manos. Una jeringuilla, sucia, con la aguja completamente devorada por el óxido.

Donde quiera que su hermano estuviese, deseó que estuviera en paz.

domingo, 9 de septiembre de 2012

(Te) Quiero

Constantemente pienso en una melodía, un ritmo sincero que no se detiene y que me cautivó desde el primer momento. ¿Quieres saber lo que deseo cada vez que lo escucho?

Quiero poder ver los misterios del mundo.
Quiero viajar a los lugares donde habita la magia.
Quiero mirar a los ojos a esa naturaleza viva que me llama.

Quiero mirar las estrellas y sentirlas cerca. 
Quiero observar una aurora boreal, y llorar.
Quiero que la belleza del mundo me ilumine la mirada. 

Quiero poder ver grandes aves , sin amo ni dueño.
Quiero verlas volar, libres de atadura o dolor.
Quiero ver sus plumas brillar al sol. 

Quiero ser ambicioso, y mirar la tierra desde el exterior del universo.
Quiero lo imposible, y ver el límite de la creación. 
Quiero (¡Deseo!) verlo todo. 

Pero si no lo veo reflejado en tus ojos, seguro que me parece aburrido, gris y vacío. 
Y así no quiero verlo,no me interesa.
  ¿Quieres saber cual era la melodía? Fácil... tus latidos batiéndose en duelo con los míos.