jueves, 23 de agosto de 2012

Sangre y Pasión


Él la sujetó contra su cuerpo, tomándola de la cintura, apoyando su frente en la de ella. Mirándola a los ojos, con una tímida sonrisa, más una mueca vaga de satisfacción que de placer, aspiró su aroma, recordando cuando fue la primera vez que la tuvo entre sus brazos. Recordó el tacto de sus labios, y la calidez de la pálida piel que cautivaron por su misterio la mente, más semejante a una tormenta en la mar que a un verdadero lugar de descanso, del muchacho, que ahora la colmaba de cariño.

Ella descansó su rostro en el pecho de quien hacía que su corazón latiera y hacía trabajar sus pensamientos, corriendo en un torbellino de sensaciones, de fe renovada y oscuridad trenzada en tapiz que ocultaba sus sentimientos. Respiró profundamente, exhalando todo el aire de sus pulmones en un suspiro que gritaba “paz”.

Fue entonces cuando él apartó su pelo, en una caricia inocente, más propia de un gesto fraternal y protector que del éxtasis que provocara la visión de sus cuerpos desnudos, uno junto al otro, perfectamente puros respecto al otro. Nunca antes habían tenido la oportunidad de tenerse de ese modo y el temor inocente provocaba que sus gestos fueran algo torpes.

La besó, sin pensarlo un instante más, sin pedir permiso y sin esperar a que ella se lo permitiera. No encontró resistencia, sino un vestigio de instinto por mantener ese momento, ese tacto casi prohibido por la ignorancia de los ciegos y los timoratos. Sus instintos afloraron lentamente y una danza pareció nacer de la música acompasada que eran sus gemidos, causados por las caricias que recorrían las espaldas del otro, su cuello, su rostro. Una mirada, unos labios que luchaban en batalla sin vencedor ni vencido.

No pudo resistirlo y la bestia dominó al hombre. El lobo que habitaba su espíritu terminó por consumirle. Poseído por un místico deseo, propio de un hijo de la luna como era él, se dispuso a hacer de ella su presa, pasando su lengua lentamente por el pecho de la joven,  recorriendo un camino que le llevaba a pequeños bocados inocentes por la clavícula hasta el cuello. Un juego que solo podía tener un final. Ella sería el alimento de sus pasiones. Sus ojos, enrojecidos y como espejo de la fiera que había soltado sus cadenas, no tuvo tiempo a reaccionar.

Un bocado hizo que se estremeciera y sintió escapar la vida. Ella acababa de hundir sus colmillos, afilados como ninguna hoja humana pudiera estarlo, en el cuello del joven y este sintió como se mordía el labio, por el puro placer que aquella sensación, bendita contradicción pasional, le hacía sentir. A pesar de que sus fuerzas menguaban por momentos, fue capaz de que sus propios incisivos le provocaran cortes en la boca que ella se apresuró a limpiar con su lengua.

Ambos cegados por el poderoso y picante sabor de la sangre, se miraron un segundo, y un beso final se apoderó de sus almas, haciendo que el carmesí bailara entre ambos, transportando recuerdos, colores y conocimiento. Habían roto con el espacio y el tiempo y ambos gritaron sintiendo que aquél momento tan sexual llegaba al fin, entre un orgasmo que les hizo despertar, como si de un sueño se hubiera tratado, y una venda les hubiera sido retirada de los ojos.

Los dos cuerpos, empapados en sudor, se envolvieron en un abrazo, y con una sonrisa compartida, dejaron que el momento transcurriera. Les pertenecía por derecho. Eran hijos de la noche. 

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