martes, 13 de marzo de 2012

Treces escalones al cielo

El amargo sabor del ron y el olor a ese apestoso tabaco caro se entremezclan de mala manera en el aliento del verdugo. Suele ser así. Apenas tienen dinero para beber, pero consiguen lo mejor de toda Inglaterra para fumar, porque así se sienten más señores y menos culpables. Me dan asco. Realmente me repugnan. Malditos bastardos con suerte… Se les permite matar impunemente a tantos como quieran. Inocentes, culpables, niños, mujeres y hombres. Maleantes y villanos. Ladrones, simples ladrones que se hacen con una hogaza para dar de comer a sus doce hijos, o repulsivos ladrones de cadáveres. Les da igual, les han concedido el perdón divino y ellos se aprovechan. Duermen tranquilos en sus catres llenos de piojos, y gozan de las prostitutas más caras. Pero esa no es mi historia, y os estoy alejando de ella.

Aún recuerdo de joven, tan solo ocho años, cómo mi padre me llevó por primera vez a una ejecución en la plaza. Sonreía, y miraba al frente con la cabeza bien alta. No teníamos demasiado dinero, pero dispuso de su mejor ropa para aquella ocasión. Llevaba tiempo ahorrando para un barbero, y consintió en cortarme el pelo.

El gentío se agolpaba, y me aupó en sus hombros. Para que fuera testigo de aquél espectáculo. Un evento que nunca olvidaría. Todos gritaban, y el ambiente parecía estar cargado con algo especial. Magia. Una chispa dulce, con sabor a melodía parisina. Extraño describirlo así, ¿cierto? El alguacil fue el primero en subir al cadalso, y se hizo el silencio.

“Se hace saber, que por los crímenes de piratería, pillaje, ataque a navíos ingleses bajo distintas banderas, entre ellas la pirata, así como traición a la patria, cometidos contra la corona de Inglaterra, se condena a Michael Jerome Williams, conocido como Mike de Kingston, a morir ahorcado. Que este sea un castigo ejemplar para aquellos que cometen tales crímenes, y deshonran a su patria, y que Dios se apiade de su alma”.

Disfrutó cada una de aquellas palabras, mientras con paso lento, marcado por un redoble militar, el susodicho pirata era conducido, encadenado y con grilletes en las piernas, a lo largo de los trece peldaños que elevaban el tablado sobre nuestras cabezas. Con la frase final, esbozó una sonrisa, mientras miraba de soslayo al acusado. Realmente deseaba su muerte.

Aquél hombre sabía que iba a morir, y a pesar de todo parecía mostrarse sereno. No temía a nada. Era una mezcla de arrogancia e indiferencia. Y de pronto, comenzó a llover. El capellán se le aproximó, dispuesto a una última concesión. Confesarse ante el pueblo y así aceptar la culpa que permitiría que Dios fuera magnánimo con él en su juicio, y evitar la condena al averno.

No solo se rió ante el padre, sino que le escupió en la cara. Una pequeña carcajada estalló en la plaza, no se le tenía en demasiada estima a aquél siervo de Dios, tenía mala fama, pero la iglesia le protegía.

La soga le fue anudada al cuello, y el redoble se detuvo. Un rayo cruzó los cielos y el verdugo ejecutó la sentencia. Accionó el mecanismo y el cuerpo cayó por la trampilla. La cuerda era demasiado corta, y aún se podía ver la cabeza sobresalir por el hueco, mientras los pies colgaban en un último espasmo. La agonía parecía una macabra risa, realmente daba la sensación de que se mofaba de nosotros. Los estertores fueron cuanto menos, dignos de mención, más macabros de lo habitual. Las mujeres se santiguaron, los hombres se descubrieron, y yo nunca olvidaré aquella sonrisa que se quedó marcada en el rostro del pirata, incluso después de muerto. Y sonreí.

Al llegar a casa, mi padre me empujó al interior de mi habitación. Cerró la puerta y las ventanas, corriendo incluso las cortinas. Pero no apagó la luz. Se quitó el cinturón. Yo aún no sabía para qué, pero lo supe muy pronto. Recibí golpe tras golpe, en silencio, mientras lágrimas se resbalaban por su recién afeitado rostro. Podría resultar ilógico para alguien de mi edad, pero me aseguré a mí mismo, mientras rogaba a Dios que no fuera excesivamente cruel conmigo, que era por mi bien. Debía aprender.

Desde aquél día, me llevó a cuantas ejecuciones pudo. Ninguna como la primera. En ocasiones eran simples ladrones, en otras, asesinos reincidentes. Algún que otro pirata capturado, que renegó de aceptar servir a su majestad en nombre de Inglaterra. Pero ninguno nunca mostró la sonrisa y el temple que Michael Jerome Williams.

¿Y quién me iba a decir a mí, que años más tarde terminaría como pirata? Irónico. Casi cómico. Pero así fue. Sucedió, por mi decimosexto cumpleaños. Mi padre me acompañó a la plaza, y el ambiente era el mismo. Sentí aquella chispa, aquél aroma y aquél mismo sabor que la primera vez. Le vi sonreír. Le vi morir, y yo mismo sonreí. Pero al llegar a casa, me negué a recibir la paliza acostumbrada. Algo cambió en mi interior. Ahorqué a mi padre con su propio cinturón antes de que pudiera asestar el primer azote.

Huí, y logré esconderme como un polizón en un barco que había atracado en el puerto, sin saber que pertenecía a piratas. Al principio hablaron de entregarme al mar, y que este me juzgara, pero no lo hicieron. Se apiadaron de mi, y yo serví para ellos durante cinco largos años. Robé, asesiné, y disfruté de las mujeres y el vino en cada puerto que visitábamos, una vez cada varios meses, siempre en islas de los cálidos mares sureños, en la zona del Caribe. Era un buen lugar. Hasta que topamos con los franceses.

Ellos no tuvieron piedad con nosotros. Acribillaron a mis camaradas, hermanos con los que había compartido galletas, agua maloliente, hamacas infestadas de cucarachas, e incluso el temido escorbuto. A los pocos supervivientes nos hicieron prisioneros. Logré huir, junto a otros, y durante un tiempo capitaneé mi propio navío. No muy grande, ni muy lujoso, pero bello. Por fin era libre de ir a donde yo quisiera. Era tan libre como las golondrinas, como cualquier ave noble que se precie. Pero no duró demasiado. Volvieron a capturarnos, esta vez, mis compatriotas británicos.

No se pudo hacer nada esta vez. No hubo ocasión de acuchillar a un guardia despistado con una hoja guardada hábilmente en la bota, ni sobornarlo con un par de piezas de oro, ocultas en un calcetín roído por las ratas. Fuimos llevados ante la justicia, y sentenciados muerte. Y ahora, que me enfrento a la soga, mientras subo los trece peldaños que me llevan al patíbulo, mientras noto  el infesto  aliento del verdugo  golpeándome en la nuca, sonrío. Mientras oigo los cargos, sonrío. No solo le escupo al capellán, sino que golpeo con mi frente al mismo, en la nariz. Disfruto al oír sus huesos crujir y no puedo reprimir una carcajada. La sangre, su sangre, cae por mi frente, quitándome la vista del ojo derecho, pero no me importa. Le sonrío a un chiquillo en la primera fila, subido a hombros de su padre, y el verdugo acciona la trampilla. A medida que voy ahogándome, con un sonido parecido a la risa, veo al chico. Sonríe. Como yo.

jueves, 8 de marzo de 2012

Bubbles and Hammers

La entrada de hoy se escapa un poco de la dinámica a la estareis más que acostumbrados. Eso os lo aseguro. No por ello, va a dejar de retratar sentimientos, ni vivencias de mi vida que me han marcado de una u otra manera. Ahí va la historia. Todo comenzó en verano de 2009...

Recuerdo que me concedieron una beca o un tipo de ayuda para irme un verano a Swords, una localidad irlandesa preciosa. No demasiado grande, ni tampoco pequeña en absoluto. Muchas veces teníamos que coger un bus de línea para ir de una punta a otra, pero se podría haber ido perfectamente andando, aunque con un poco de esfuerzo.

Por las mañanas teníamos que asistir a un cursillo de inglés. A mi me tocó en la clase de nivel avanzado, pero me sentía un poco pez fuera del agua. Al menos durante los primeros días. Una chica coreana, una japonesa, italianas, polacas, uruguayos, brasileños, más italianos, y un par de chicas españolas (andaluzas) además de los cuatro o cinco amigos españoles que fuimos con la misma beca, compartíamos clase con una profesora londinense, a la que cogimos mucho cariño. Dee Doyle. Ese nombre no creo que lo olvide, era una persona maravillosa, que se esforzaba por enseñarnos algo más que un idioma.

La cuestión es (si, ya... ya solté la lagrimita, los hecho de menos a todos, dejadme seguir, cabroncetes) que teníamos las tardes libres hasta cierto punto, y los fines de seman eran casi nuestros. Como convivíamos con familias irlandesas, en parejas, solíamos pasar un tiempo con ellos antes de poder irnos de juerga o a hacer el macarra por ahí. Qué menos, viendo cómo nos trataban... solíamos jugar con sus niños, les ayudábamos en casa, y veíamos el futbol o leíamos tabloides por el simple hecho de que era la única forma de aprender inglés.

Las tardes eran algo monótonas. Tabaco de liar Golden Virginia (algo más barato que el resto), cerveza polaca Prazsky (muy barata, sabor mediocre, y ya habíamos aborrecido la Guinness al tercer día) y un parque donde jugar a las cartas o símplemente charlar de música, coches, tetas o lo que se nos ocurriera. Con la cerveza convenientemente escondida, claro está. Nos podía caer un buen paquete si nos pillaban.

Pero lo realmente interesante eran los fines de semana. Solíamos coger el autobús y nos marchábamos a Dublín, donde se movía la verdadera juerga. Estaba Little Amsterdam (Donde encontrabas de todo, y cuando digo de todo, es TODO. No tuve la suerte de probar nada, por desgracia. Aún era menor y entonces SI que hubiera tenido problemas serios), Trinity College, Temple Bar, la estatua de Molly Malone, Croke Park... aquello era realmente interesante. Disfrutaba paseando de un lado a otro de la ciudad, evitando coger todos los autobuses posibles (valían un ojo de la cara y prefería gastarme mi dinero en otras cosas como revistas, música o tabaco. En aquella época fumaba muchísimo, y el tabaco en Irlanda no es precisamente barato). Iba completamente a mi bola.

Pero sin duda alguna, y ahora llego a la parte que venía a contaros, es lo que me pasó casi al final de mi viaje. Pongámonos en situación 25 de Agosto, por la tarde, calorcete agradable y acostumbrado al horrible acento irlandés que se te pega como una auténtica lapa, y luego nadie te entiende cuando hablas. Caminaba con cierta amiga por la calle, pensando en mis cosas. Seguramente dándole la coña sobre algún disco, un grupo o vaya usted a saber qué paranoias que rondaban mi cabeza. En ese instante, vi a un hombre con la camiseta del West Ham United.

Llegados a este punto, he de aclarar que me declaro fan incondicional de este equipo, mucho antes de haber visto la película que les ha dado tanta fama (buena o mala). El equipo lo conozco por ser el favorito del grupo británico de Heavy Metal, Iron Maiden. Me picó la curiosidad, rebusqué información al respecto, y me enganché a ellos. Me he convertido en un Hammer y no me avergüenzo. (HAMMERS! HAMMERS! HAMMERS! ICF! ICF!) [perdonad este lapsus, me puede el espíritu hooligan].

Volviendo al hilo, de aquél hombre con la camiseta de mi equipo británico favorito, no pude evitar acercarme a hablar con él. Me chocó que los irlandeses siguieran tan fervientemente la Premiere League, y más a un equipo tan modesto como mis queridos Hammers. Tras amablemente pedirle que me confirmara si era fan del West Ham (recordemos que esta gente siempre anda "Sorry" por aquí y "Excuse me" por allá)  me respondió con un sonoro y profundo OI! Fue superior a mí y me puse a hablar con él. Me decía que iba con prisa, el partido era esa tarde noche y aún tenía cosas que hacer, pero que me invitaba a un Pub cercano que conocía, donde todos eran grandes fanáticos de este equipo, y donde estaría como en casa.

-Sure! If my bus doesn't leave early, I'll be there. Who's playing tonight?
-MILLWALL, SON! MILLWALL! It's on the papers!

(Y ahora para los que no tienen ni puta idea de inglés)

-¡Claro! Si mi autobús no sale demasiado temprano, a´llí estaré. ¿Con quien juega esta noche?
-¡MILLWALL, HIJO! ¡EL MILLWALL! ¡Viene en los periódicos!

Ahora toca la aclaración. El Millwall es el rival directo del West Ham United. Las hinchadas se llevan a matar, pero de verdad. Está reconocida como la rivalidad más encarnizada de la liga inglesa, y cuando los del ICF y los "Bushwackers" puede pasar de todo. Son más de cincuenta años de peleas con muertes incluidas, que se remontan a hace cien años, por disputas de trabajadores de los muelles.

¿Qué decir en aquél momento de éxtasis deportivo? Le aseguré que si podía, allí estaría con una buena pinta en la mano (no le mencioné el detalle de que aún era menor, pero ni a él le importaba ni a mí me importaba) cantando el himno de mi equipo, odiando con todo mi corazón a esos cobardes del Millwall. Por desgracia no pudo ser. El último autobús salía unos minutos antes del partido y en el trayecto de Dublin a casa me perdería gran parte de este. No recuerdo muy bien si ese día paramos en la bolera que había a medio camino o no. Solíamos hacerlo alguna que otra vez, pero no recuerdo si esta en concreto lo hicimos.

Al llegar a casa, había olvidado el partido. Por completo. Al día siguiente no me molesté en leer los periódicos, y como andaba empaquetando las cosas para volver a España, y despidiéndome de los amigos que allí había hecho no volví a reparar demasiado en el partido. Ni siquiera pregunté el resultado. Lo interesante, y todo el meollo de la cuestión, fue estar esperando en el aeropuerto, haciendo el macarra para ver si una monja me maldecía, o me excomulgaba o algo parecido, cuando mi cerebro se activó al ver un pantalla sobre una columna. No sé lo que llamó mi atención, pero me quedé embobado mirándola, y mi sorpresa fue impresionante al ver un video de noticas que, si no era el que os voy a poner a continuación, era muy parecido.


Impresionado, dejé de intentar que la monja aquella me lanzara agua bendita y gritara en gaélico "Satán, libera a este siervo tuyo!" (eso último no pasó, ¿pero a que hubiera molado que te cagas?) y me centré en la noticia. No era posible que me hubiera perdido el partido del siglo, con disturbios y todo. La noticia traspasó fronteras, vaya que si lo hizo...


Yo por mi parte, eché de menos a quél hombre con la camiseta de los Hammers, el bar donde fue a ver el partido, la pinta que no me tomé... y los disturbios en los que no tomé parte. Pero me volví a España, recordando todo lo bueno que había vivido allí, con muchísimas ganas de comerme una tortilla de patata, ponerme hasta el ojete de gazpacho, y ver a mi familia a la que tanto había echado de menos.


Y esa es la historia de cómo casi me convierto en parte de una enfurecida masa de Hooligans descamisados y borrachos. ¿Quién sabe lo que hubiera pasado si yo no hubiera cogido ese autobús?

I'm forever blowing bubbles, pretty bubbles in the air,
they fly so high, they reach near the sky,
and like my dreams they fade and die...

Fortunes allways hiding
I've looked everywhere
I'm forever blowing bubbles...
Pretty bubbles in the air...

UNITED! UNITED! UNITED!

AVISO: La canción es la versión orginal, de la que se extrajo la letra, y la que se canta siguiendo el ritmo original. No la que cantan los GSE de la película Green Street Hooligan. Esa si la quereis, buscadla en internet. Yo me estoy adecuando a la realidad, y no a la ficción cinematográfica. Gracias.



domingo, 4 de marzo de 2012

Sounds of Nature

Oye el sol levantarse sobre las montañas. Observa el canto de los pájaros, y huele el agua recorrer los arroyos.

Escucha el polvo que se levanta en el camino, y trata de comprender porqué el viento te susurra un nombre.

Y no te preguntes nunca a donde te lleva ese camino. Ni porqué lo recorres. Simplemente, disfrútalo.

Disfruta de estar vivo, de poder respirar y poder sentir. Alégrate de ser libre. Alégrate de ser tú mismo y grita a los cuatro vientos lo alegre que te hace no ser otro borrego más que se confunde con el rebaño.

Y hoy, no tengo que decir nada más.

jueves, 1 de marzo de 2012

Shhhht...

Calla. Cierra los ojos y escucha el silencio. Procura no moverte, y concéntrate en lo rítmico de tu respiración.

Un segundo, y otro, y otro más.

Sinceramente, yo ya estoy hasta la polla de cerrar los ojos y de charlatanería. ¿Vosotros no? El mundo me lo han puesto de color de rosa. Pero no es así. Se trata de un lienzo que tenemos que ir pintando. Una partitura aún por escribir. Un libro, más bien una cubierta, con las páginas desnudas.

Es nuestro deber pintar, componer, escribir... y dejar que todo fluya. Vida, muerte, sonrisas, lágrimas, alegría, tristeza, risas, llanto. Y seguramente daremos una pincelada mal. Convertiremos un Do en un Fa. Escribiremos "Quedria" en lugar de "Querría". Porque somos humanos, y fallamos. Y nos fallan. Mucho más de lo que nosotros mismos quisiéramos. ¿Y cual es nuestro deber? Es corregir esa pincelada, y taparla con otras nuevas, mejores. Retocar esa nota, y crear una mejor melodía. Tirar de goma, tipex u [Inserte elemento de borrado/corregido] para que la frase tenga sentido.

Solo así, nuestras vidas tendrán sentido.

¿La mía?

Ríete. Todo cuanto quieras. La mía tiene muy poco sentido. Es lo gracioso de mi propia vida. Que no le encuentro sentido. Y eso se debe a que las cosas más absurdas e incongruentes son las más geniales. ¿Vosotros sabeis cómo miraron a Mozart cuando propuso componer una ópera en alemán?

Lo que quiero decir, es que estoy un poco hasta la polla de dejar de lado mi lienzo. De arrugar la partitura y olvidarla. De pasar una página y dejar un enorme fallo ortográfico que me perseguiría día y noche para darme bien por el culo (y sin lubricar ni nada, a doler).

Pero ahora que he conseguido dar luz sobre una oscura pincelada, de crear una nueva melodía que me lleva a otros lugares que olvidé, y de poner en orden los tachones del libro de mi vida... voy y vuelvo a caer. Y surge un nuevo dilema. Más complicado que el anterior.

Esta vez no es culpa mía, ni de nadie. Bueno... puede que mía, por ser tan gilipollas. Pero yo me lo he buscado. Y me tocará guardar silencio, o hablar, y decir lo que siento. Aunque temo lo que siento, por miedo a que las cosas cambien. No para bien, sino para mal.