miércoles, 3 de agosto de 2011

The Unnamed Feeling

Debido a la insistencia de ciertas personas (Mrs, Tangerine, entre ellas) este blog se ha visto obligado a actualizarse, con una nueva entrada, la que originalmente dio nombre a este caótico microverso de micro-versos y paranoias universales en miniatura.

Forma parte de una serie de micro-relatos (digo micro, porque no ocupan casi nada, y tienen un amplio significado que se puede interpretar de dos o tres maneras, al gusto del consumidor) bastante negros. Digo negros porque no tienen un final muy feliz, o chocan con nuestra menta, representando la más cruda y horrible realidad, que nos negamos a ver en muchas ocasiones. Aunque no nos guste, aquí os regalo un pedacito de realidad, un pedacito de ese Sentimiento Sin Nombre.

El hombre se rascó la barba. Echó mano a la chaqueta y sacó un paquete de tabaco, arrugado, y extrajo un cigarrillo, igual de maltrecho, y algo doblado, lo que le confería un aire mucho más desgarbado aún. Con una cerilla, prendió la punta, absorbió con fuerza, y expulsó el humo por la nariz mientras agitaba la mano con la que sujetaba la cerilla, para apagarla.
No era la primera vez que veía un cadáver. Era parte de su día a día. El cuerpo de policía le había enseñado a ser casi insensible a aquél tipo de cosas. A no desmoronarse en la escena del suceso. Y recordó su primer muerto. Nada especial, ningún atentado, ni siquiera un accidente de coche. Tan solo un ahorcado. Aquél día supo que su vida había cambiado para siempre.
Cada vez que lo llamaban para levantar un cadáver, sentía una especie de cosquillas en las palmas de las manos, una sensación un tanto extraña. A veces sentía nauseas, debido a que el cuerpo estaba más o menos descompuesto, o a causa de un accidente de tráfico, por no ponerse el cinturón.
El olor a carne quemada lo sacó de sus ensoñaciones. Miró fijamente al calcinado coche que había estallado tan solo hacía unas horas, con su ocupante en el interior. Un complejo mecanismo instalado en el contacto de arranque había hecho que la carga que los terroristas habían escondido en el motor, hiciera explosión, acabando con la vida de su ocupante, casi al instante. En el suelo, una manta blanca cubría al finado, y a su alrededor, un grupo de agentes se afanaban por mantener a raya a los periodistas, ávidos de una cruenta imagen, para obtener unos mayores beneficios.
“Escoria, eso es lo que son”, pensó, “tanto estos buitres, como los perros que lo han matado”. No tenía otro nombre para ellos, más que asesinos. Cobardes asesinos tras un máscara de mentiras. Una máscara tejida con mentiras sobre la justicia y los derechos inherentes de una supuesta nación soberana. Una red de asesinos, en la que los cabecillas comían como reyes en grandes restaurantes, y conducían buenos coches, mientras jóvenes a los que les habían lavado el cerebro manchaban sus manos con la sangre de los inocentes.
Lo comenzó a inundar un sentimiento extraño, uno que no había sentido nunca. Un sentimiento que no conocía, y al que no pudo dar nombre. No era frustración, no era miedo, no era tristeza. Era peor que la ira, peor que un odio visceral, y mil veces más horrible que todos juntos. Era algo más doloroso que la impotencia, y más vil aún.
Sacó su placa del bolsillo y la mantuvo durante unos segundos en la palma de su mano. Al principio todo era distinto. Creía que significaba respeto, y autoridad. Ahora veía como el respeto echaba humo y como la autoridad se había desvanecido. Veía como todo aquello por lo que había luchado, se había ido con el último suspiro de su mejor amigo. Ya sabían lo que significaba ser policía, pero nunca, ni de lejos, podrían haber imaginado que les tocaría a ellos. Tanto dolor, tanto sufrimiento. Y todo por una estúpida cuestión sin sentido alguno. Algo por lo que no merecía la pena pelear. Pero los habían marcado como enemigos del pueblo, los habían marcado al fuego, y no podía borrar aquél estigma. Eran un blanco en movimiento, una diana móvil a merced de las miradas de miles de tiradores sin escrúpulos cuya única intención era apretar el gatillo y cobrar la pieza. Si no estabas con ellos, estabas contra ellos y, por lo tanto, muerto.  Aquella misma noche, al llegar a casa, se voló los sesos con su propia pistola.
Como el narrador del "Tales from thr Cript", Hitchcock u otros, haré una pequeña valoración final, si me lo permitís. Este hombre no comprendía el significado de perdón ni paz interior. Ni el odio, ni el rencor, pueden matar, pero sí el hombre que los cobija. Y matará, tanto a otros, como a sí mismo.

2 comentarios:

  1. Primero, y antes de nada ¡sí, sí, sí! Esta vez he ganado, has actualizado.

    Bendito castellano, vocabulario, sílabas, palabras. Todo. A estas horas, me apetecía leer algo, y lo que he encontrado ha sido de lo mejor. La crème de la crème.
    Bravo. Quiero más. Mucho más.

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  2. ¡Bravo! Tienes chispa, chico. Te seguiré muy de cerca a partir de ahora. ¡No me defraudes! xD

    Me encanta cómo has conseguido la atmósfera del relato. La descripción del personaje ha sido mínima, pero magistral, has conseguido que se forme en mi cabeza una imagen muy real del protagonista.

    ¡Espero más!

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