martes, 16 de agosto de 2011

The Unnamed Feeling II

¿Segundas partes nunca fueron buenas? Entonces, escribiré sobre el otro lado. Sobre el que muy poco se han atrevido a escribir. Una lado oscuro y degradante, sin sentido, al que temo más que a la propia muerte, pues no hay peor muerte que la privación de la libertar personal, por falta de paz interior, a causa de un odio visceral y...¡Mierda! ya estoy desvariando! Mejor os dejo con la explicación, y mi micro-verso. Hace diez días exactamente, os conté la historia de los que siempre pierden. Hoy os la cuento de los que seguro que van a perder. Muy cruel...muy real. Muy absurdo. Y aún a riesgo de que pueda ser leida por alguien, en exceso radical, la verdad es la verdad, y la verdad no se mata ni con pistolas ni con sangre. Se mata con el silencio.

Tic-Tac. Constante, incansable. Recordándome lo lento que pasa el tiempo cuando esperas que pase algo. Tic-Tac, me repite una y otra vez, con esa vocecita mecánica suya. No dice nada, y me lo dice todo. Yo no le pregunto, pero él me responde. Lo miro, juego con él en mi muñeca. Me observo reflejado en la esfera. Pienso en cómo funcionan todos sus engranajes, perfectamente engrasados y trabando al mismo ritmo, al mismo compás, al unísono.
Tomo aire, muy profundo, y lo devuelvo en un largo suspiro. Me paso la mano por el pelo, despeinándome ligeramente, y me quito las gafas, para limpiarlas. Estoy nervioso. Lo sé, y se me nota muchísimo. Pero no puedo echarme atrás ahora que he llegado tan lejos.
Desde mi coche la observo. Es especial. Es la encarnación de un ángel. Un ángel vengador que imparte justicia. Alguien especial, por encima del resto, pero encadenada a servir de ejemplo y mediación. El conductor me mira, y me sonríe. Me giro, y ahí está mi hermana. Tan pura ella, tan inocente, tan idealista. No sabe lo que hace, porque le he mentido una y otra vez, sobre cómo el mundo la ha tratado.
Tic-Tac. No me lo pienso dos veces, ha llegado el momento. Tengo que acercarme a ella. Tic-Tac. Salgo del coche, doy varios pasos. Tic-Tac. Está sentada en la mesa de una cafetería, ajena al mundo exterior. Tic-Tac. El corazón se me acelera, solo tengo una oportunidad. Saco la mano de mi chaqueta, y con ella una pistola. Disparo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Ha caído al suelo. Otro disparo. Sé que está muerta, pero sigo disparando. Una erección me sorprende y termino de vaciar el cargador, pero no dejo de apretar el gatillo, y sin poder evitarlo, me corro. Y suspiro, sonriente. ¿Matar es como el sexo? No, es mejor que el sexo. Mil veces mejor que las drogas y un millón de veces mejor que el sexo.
 Nadie me mira. Me temen, se esconden bajo las mesas o donde pueden. Sobre el cuerpo, tiro un papel con un dibujo de un hacha y una serpiente. Corro hasta el coche, entro y escapamos. Todos ríen, lo celebran, gritan consignas vacías y vanas, que nadie entiende salvo nosotros.
Ese ángel vengador ya no podrá volver a impartir justicia. Ya no es tan especial, solo es un recuerdo. Servirá de ejemplo, pero no para bien. La gente la verá como una víctima, y nos temerán, y sabrán que no han de juzgarnos como hizo ella. Me siento orgulloso. Soy un verdadero gudari. Un guerrero vasco luchando por su pueblo, contra el fascismo. Pero por desgracia, hay un policía que paseaba por la zona. Nos dispara. Acierta a través del parabrisas y me da en la cara. Peor que un puñetazo, os lo aseguro. El sabor del cobre inunda mi boca, y mis recuerdos inundan mi mente. Mis ojos estallan en una vorágine en la que observo a todas mis víctimas. Su sangre en charcos, que luego taparán con serrín. Sus hijas, con los ojos rojas y las mándibulas desencajadas de gritos de dolor. Coches calcinados, y policías viejos y cansados que levantan cadáveres (y que puede que por la noche se levanten los sesos, porque no pueden más). Y me vuelvo a correr, por grotesco y macabro que parezca.
Mi hermana vomita, el conductor grita y llora y nos estrellamos contra una farola. Una nueva ráfaga de disparos nos golpea y son como miles de personas, las que he torturado y asesinado, que me golpean por mis crímenes. Justos castigos a pecadores e infieles que han torturado a mi pueblo y mi sangre.
 Siento como me estoy muriendo, pero me da igual. Mis hermanos y hermanas llorarán por mí, como un héroe. Y es que es lo que tienen los héroes. Que están todos muertos.
Y ahora, el toque Hitchcock. O como se escriba...hoy me la pela. Podríamos decir que esto es una segunda parte del del otro día. O una precuela. Da igual...es como el dilema del huevo y la gallina, o más bien como el conflicto Serbio-Bosnio. ¿Quien disparó primero? Da igual...a los muertos se la sopla...no se pueden quejar. Yos os digo...quejaos...Llorad. Temed. Y para mostraros que sé de lo que hablo, os regalo una segunda historia. Disfrutadla, y espero que lloreis con ella, pues fue pensada para eso.

 El chico se dirigió a la escuela. Llegaba tarde, como de costumbre. Y eso que solo estaba en sexto de primaria. Eran las nueve de la mañana, y trató de atajar, pero se equivocó y llegó por la calle de arriba. Cinco golpes secos. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. Rítmicos, sinceros, lentos. Y nadie prestó atención. Ni siquiera el chico. Pasó por la acera de enfrente de la tienda golosinas, y al llegar calle abajo pensó en un antiguo club de alterne abandonado. O eso le habían dicho que era. Llegó a clase y se sentó, diculpándose con el profesor. Salió...llegó a casa y la televisión estaba puesta. Su amigo, al que conocía desde hacía un año o dos, tan amable y cordial, había sido asesinado. Esa misma mañana, en su tienda de golosinas. Arrastrado hasta el almacén, le obligaron a arrodillarse. Y dispararon cinco veces. Sobre el cuerpo, otras diez...o más. Les daba igual. Lo importante era ensañarse. Ese día no lloró, porque no sabía lo que significaba aquella serpiente y aquél hacha, que años más tarde sentiría como suyas, y despues repudiaría, tras conocer la realidad. Y entonces lloraría. Ese chico, inocente y despreocupado, era yo. Y me avergüenzo de muchas cosas. A diario me avergüenzo. Y es algo con lo que tengo que vivir.

Revisando Hemerotecas, he visto que las fechas no coinciden con mis recuerdos. Puede que no feura al colegio. Puede que no fueran las nueve. Pero yo pasé por delante de esa tienda y oí dosparos. No vi nada. No vi a nadie. No sabía que fueran disparos. No sabía lo que era un disparo, y no era consciente de lo que suponía quitarle la vida a nadie. Mi mente puede haberme emborronado detalles concretos de ese suceso, pero nunca olvidaré un charco de sangre delante de la tienda, ni las flores, ni las velas que pusimos, mientras llorábamos, sin saber muy bien qué había pasado, ni por qué.

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