miércoles, 31 de agosto de 2011

Corazones Ardientes

El chico comenzó a respirar más lentamente. Esa sensación era más que conocida para él. Su pecho subía y bajaba mientras el corazón le latía a un ritmo frenético.  Tumbado en la hierba, se desabrochó el cinturón de balas y abrió la bragueta del pantalón. Comenzó a tocarse, a frotarse el erecto miembro que formaba un bulto en los prietos pantalones vaqueros y que parecía ser insaciable.
Sin querer, y de un codazo, tiró la lata de cerveza que había apoyada a su lado. Su novia empezó a acariciarle el pecho, mientras con la otra mano, le apartaba el pelo largo del cuello para poder besarle con comodidad. Se dejó llevar por la pasión, y bajó su mano hasta el miembro del chico. Apartó la mano de él y comenzó a masturbarle, suavemente, como solo ella sabía hacerlo, como sólo ella sabía tratarle.
Los labios de ambos se encontraron y una de las manos de él comenzó a masajear el muslo de la joven, pero pronto apartó la mirada para observar al frente. Lo que de verdad le hacía sentir esa sensación de placer.
-Lobo, por favor. Mírame. –Le pidió ella, sin dejar de tocarle. ¡Mírame! –Le suplicó entre lágrimas que hicieron que el maquillaje de sus ojos se corriera. Aquél maquillaje derramándose por la pálida piel de la chica hizo que perdiera la concentración, y miró aquellos ojos grises, llenos de lágrimas que caían sin control, negras por el maquillaje, manchando el rostro de la joven, que se negaba a dejar de agitar el pene de Lobo, de manera rítmica.
-Te estoy mirando, Condesa. –Le dijo, y comenzó a lamer las lágrimas de la muchacha, y ella se estremeció de placer. Empujándole hacia atrás con ambas manos, provocó que el resto de latas de cerveza rodaran colina abajo. No les importaba. Ella se quitó la camiseta, dejando a la vista dos pechos perfectos, con rosados pezones erectos, duros, a causa del frío de la noche. Y se subió encima de él. La falda resultaba muy cómoda para este tipo de situaciones, y ambos lo sabían. No era la primera vez que se hallaban en esta situación, y Lobo se apresuró a sacar un preservativo.
-¡No! –Le espetó ella. -¡Quiero un hijo! ¡Dame un hijo, Lobo! ¡Un cachorro! ¡Un Lobezno! ¡Tuyo y mío! Engendraremos una estirpe de guerreros, que seguirán nuestros ideales. ¡Seguirán tus ideas! ¡Las del Inner Circle! Y la gente nos conocerá y nos temerá… Dame un hijo, Lobo. Te lo suplico…
Nuevamente comenzó a llorar la muchacha, y Lobo tiró el preservativo lejos, y volvió a beber de sus lágrimas, pues era un placer para él. Y observó su rostro, pálido y manchado por el maquillaje negro, alrededor de los ojos, y el pintalabios oscuro. Él la penetró, con suavidad y comenzaron a gemir juntos, de manera rítmica y acompasada. Melodías oscuras y brutales se recrearon en la mente de ambos, e imágenes de legionarios vestidos como ellos poblaron sus imágenes mientras unos destellos intermitentes los iluminaban. Unos destellos danzantes que no obedecían sino a las destructivas leyes de la naturaleza.
Mientras ellos hacían el amor, y engendraban el inicio de una saga de guerreros de la ideología neo pagana, en una pequeña aldea de Noruega, una iglesia del siglo trece ardía, incendiada por ellos mismos. Y eso les provocaba más placer que el sexo que compartían tras hacerlo.

Este micro relato, como ya me he acostumbrado a llamarlos, lo he escrito a base de falta de sueño, tras estar estudiando hasta las mil y más. El café, y un interés enfermizo por el metal extremo y su forma de expresión visual por encima de lo musical, han hecho el resto. Para los que no os hayáis podido dar cuenta, Lobo no es otro que Varg Vikernes. Varg significa Lobo en noruego, y no es el verdadero nombre del músico y co-fundador del movimiento Inner Circle. Para ella he utilizado el nombre de Condesa, por la banda de Black Metal,  Bathory, en honor a dicha condesa, acusada de vampirismo y juzgada y sentenciada a muerte tras asesinar presuntamente a 630 personas.  El hecho de que haya decidido unir a estos dos personas era solo para dar más simbolismo a esta escena de enfermizo sexo, que solo funciona si consiguen incendiar una iglesia. Varg fue juzgado por quemar iglesias cristianas del siglo XIII, por lo que su condena tras el asesinato de Euronymous, compañero suyo en la banda Mayhem, fue más larga.
Esta larga y tediosa explicación, tiene como único fin que, vosotros, lectores ávidos de mi basura habitual, podáis entender completamente a qué me refiero cuando Lobo y condesa follan al calor de la iglesia que arde ante sus ojos. Resulta verdaderamente macabro, lo sé. Pero, ¿Cuándo ha sido agradable la lectura de mis palabras? Pensad en ello… Esto es solo el principio, pero no temáis. No encontraréis más textos sobre Lobo ni sobre Condesa aquí en el futuro. Aunque, si os habeis quedado con las ganas, internet está plagado de basura al respecto de estas dos personas que, nunca hubieran podido coincidir en el espacio o el tiempo.
Por cierto, la banda sonora que ha inspirado este micro relato es totalmente de Black Metal. Se trata de A Looming Resonance de Wolves in the Throne Room para la parte más erótica y  tranquila y Freezing Moon de Mayhem (grabación original con Death, antes de su suicidio) para la parte más rápida y brutal del relato.  

martes, 16 de agosto de 2011

The Unnamed Feeling II

¿Segundas partes nunca fueron buenas? Entonces, escribiré sobre el otro lado. Sobre el que muy poco se han atrevido a escribir. Una lado oscuro y degradante, sin sentido, al que temo más que a la propia muerte, pues no hay peor muerte que la privación de la libertar personal, por falta de paz interior, a causa de un odio visceral y...¡Mierda! ya estoy desvariando! Mejor os dejo con la explicación, y mi micro-verso. Hace diez días exactamente, os conté la historia de los que siempre pierden. Hoy os la cuento de los que seguro que van a perder. Muy cruel...muy real. Muy absurdo. Y aún a riesgo de que pueda ser leida por alguien, en exceso radical, la verdad es la verdad, y la verdad no se mata ni con pistolas ni con sangre. Se mata con el silencio.

Tic-Tac. Constante, incansable. Recordándome lo lento que pasa el tiempo cuando esperas que pase algo. Tic-Tac, me repite una y otra vez, con esa vocecita mecánica suya. No dice nada, y me lo dice todo. Yo no le pregunto, pero él me responde. Lo miro, juego con él en mi muñeca. Me observo reflejado en la esfera. Pienso en cómo funcionan todos sus engranajes, perfectamente engrasados y trabando al mismo ritmo, al mismo compás, al unísono.
Tomo aire, muy profundo, y lo devuelvo en un largo suspiro. Me paso la mano por el pelo, despeinándome ligeramente, y me quito las gafas, para limpiarlas. Estoy nervioso. Lo sé, y se me nota muchísimo. Pero no puedo echarme atrás ahora que he llegado tan lejos.
Desde mi coche la observo. Es especial. Es la encarnación de un ángel. Un ángel vengador que imparte justicia. Alguien especial, por encima del resto, pero encadenada a servir de ejemplo y mediación. El conductor me mira, y me sonríe. Me giro, y ahí está mi hermana. Tan pura ella, tan inocente, tan idealista. No sabe lo que hace, porque le he mentido una y otra vez, sobre cómo el mundo la ha tratado.
Tic-Tac. No me lo pienso dos veces, ha llegado el momento. Tengo que acercarme a ella. Tic-Tac. Salgo del coche, doy varios pasos. Tic-Tac. Está sentada en la mesa de una cafetería, ajena al mundo exterior. Tic-Tac. El corazón se me acelera, solo tengo una oportunidad. Saco la mano de mi chaqueta, y con ella una pistola. Disparo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Ha caído al suelo. Otro disparo. Sé que está muerta, pero sigo disparando. Una erección me sorprende y termino de vaciar el cargador, pero no dejo de apretar el gatillo, y sin poder evitarlo, me corro. Y suspiro, sonriente. ¿Matar es como el sexo? No, es mejor que el sexo. Mil veces mejor que las drogas y un millón de veces mejor que el sexo.
 Nadie me mira. Me temen, se esconden bajo las mesas o donde pueden. Sobre el cuerpo, tiro un papel con un dibujo de un hacha y una serpiente. Corro hasta el coche, entro y escapamos. Todos ríen, lo celebran, gritan consignas vacías y vanas, que nadie entiende salvo nosotros.
Ese ángel vengador ya no podrá volver a impartir justicia. Ya no es tan especial, solo es un recuerdo. Servirá de ejemplo, pero no para bien. La gente la verá como una víctima, y nos temerán, y sabrán que no han de juzgarnos como hizo ella. Me siento orgulloso. Soy un verdadero gudari. Un guerrero vasco luchando por su pueblo, contra el fascismo. Pero por desgracia, hay un policía que paseaba por la zona. Nos dispara. Acierta a través del parabrisas y me da en la cara. Peor que un puñetazo, os lo aseguro. El sabor del cobre inunda mi boca, y mis recuerdos inundan mi mente. Mis ojos estallan en una vorágine en la que observo a todas mis víctimas. Su sangre en charcos, que luego taparán con serrín. Sus hijas, con los ojos rojas y las mándibulas desencajadas de gritos de dolor. Coches calcinados, y policías viejos y cansados que levantan cadáveres (y que puede que por la noche se levanten los sesos, porque no pueden más). Y me vuelvo a correr, por grotesco y macabro que parezca.
Mi hermana vomita, el conductor grita y llora y nos estrellamos contra una farola. Una nueva ráfaga de disparos nos golpea y son como miles de personas, las que he torturado y asesinado, que me golpean por mis crímenes. Justos castigos a pecadores e infieles que han torturado a mi pueblo y mi sangre.
 Siento como me estoy muriendo, pero me da igual. Mis hermanos y hermanas llorarán por mí, como un héroe. Y es que es lo que tienen los héroes. Que están todos muertos.
Y ahora, el toque Hitchcock. O como se escriba...hoy me la pela. Podríamos decir que esto es una segunda parte del del otro día. O una precuela. Da igual...es como el dilema del huevo y la gallina, o más bien como el conflicto Serbio-Bosnio. ¿Quien disparó primero? Da igual...a los muertos se la sopla...no se pueden quejar. Yos os digo...quejaos...Llorad. Temed. Y para mostraros que sé de lo que hablo, os regalo una segunda historia. Disfrutadla, y espero que lloreis con ella, pues fue pensada para eso.

 El chico se dirigió a la escuela. Llegaba tarde, como de costumbre. Y eso que solo estaba en sexto de primaria. Eran las nueve de la mañana, y trató de atajar, pero se equivocó y llegó por la calle de arriba. Cinco golpes secos. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. Rítmicos, sinceros, lentos. Y nadie prestó atención. Ni siquiera el chico. Pasó por la acera de enfrente de la tienda golosinas, y al llegar calle abajo pensó en un antiguo club de alterne abandonado. O eso le habían dicho que era. Llegó a clase y se sentó, diculpándose con el profesor. Salió...llegó a casa y la televisión estaba puesta. Su amigo, al que conocía desde hacía un año o dos, tan amable y cordial, había sido asesinado. Esa misma mañana, en su tienda de golosinas. Arrastrado hasta el almacén, le obligaron a arrodillarse. Y dispararon cinco veces. Sobre el cuerpo, otras diez...o más. Les daba igual. Lo importante era ensañarse. Ese día no lloró, porque no sabía lo que significaba aquella serpiente y aquél hacha, que años más tarde sentiría como suyas, y despues repudiaría, tras conocer la realidad. Y entonces lloraría. Ese chico, inocente y despreocupado, era yo. Y me avergüenzo de muchas cosas. A diario me avergüenzo. Y es algo con lo que tengo que vivir.

Revisando Hemerotecas, he visto que las fechas no coinciden con mis recuerdos. Puede que no feura al colegio. Puede que no fueran las nueve. Pero yo pasé por delante de esa tienda y oí dosparos. No vi nada. No vi a nadie. No sabía que fueran disparos. No sabía lo que era un disparo, y no era consciente de lo que suponía quitarle la vida a nadie. Mi mente puede haberme emborronado detalles concretos de ese suceso, pero nunca olvidaré un charco de sangre delante de la tienda, ni las flores, ni las velas que pusimos, mientras llorábamos, sin saber muy bien qué había pasado, ni por qué.

miércoles, 3 de agosto de 2011

The Unnamed Feeling

Debido a la insistencia de ciertas personas (Mrs, Tangerine, entre ellas) este blog se ha visto obligado a actualizarse, con una nueva entrada, la que originalmente dio nombre a este caótico microverso de micro-versos y paranoias universales en miniatura.

Forma parte de una serie de micro-relatos (digo micro, porque no ocupan casi nada, y tienen un amplio significado que se puede interpretar de dos o tres maneras, al gusto del consumidor) bastante negros. Digo negros porque no tienen un final muy feliz, o chocan con nuestra menta, representando la más cruda y horrible realidad, que nos negamos a ver en muchas ocasiones. Aunque no nos guste, aquí os regalo un pedacito de realidad, un pedacito de ese Sentimiento Sin Nombre.

El hombre se rascó la barba. Echó mano a la chaqueta y sacó un paquete de tabaco, arrugado, y extrajo un cigarrillo, igual de maltrecho, y algo doblado, lo que le confería un aire mucho más desgarbado aún. Con una cerilla, prendió la punta, absorbió con fuerza, y expulsó el humo por la nariz mientras agitaba la mano con la que sujetaba la cerilla, para apagarla.
No era la primera vez que veía un cadáver. Era parte de su día a día. El cuerpo de policía le había enseñado a ser casi insensible a aquél tipo de cosas. A no desmoronarse en la escena del suceso. Y recordó su primer muerto. Nada especial, ningún atentado, ni siquiera un accidente de coche. Tan solo un ahorcado. Aquél día supo que su vida había cambiado para siempre.
Cada vez que lo llamaban para levantar un cadáver, sentía una especie de cosquillas en las palmas de las manos, una sensación un tanto extraña. A veces sentía nauseas, debido a que el cuerpo estaba más o menos descompuesto, o a causa de un accidente de tráfico, por no ponerse el cinturón.
El olor a carne quemada lo sacó de sus ensoñaciones. Miró fijamente al calcinado coche que había estallado tan solo hacía unas horas, con su ocupante en el interior. Un complejo mecanismo instalado en el contacto de arranque había hecho que la carga que los terroristas habían escondido en el motor, hiciera explosión, acabando con la vida de su ocupante, casi al instante. En el suelo, una manta blanca cubría al finado, y a su alrededor, un grupo de agentes se afanaban por mantener a raya a los periodistas, ávidos de una cruenta imagen, para obtener unos mayores beneficios.
“Escoria, eso es lo que son”, pensó, “tanto estos buitres, como los perros que lo han matado”. No tenía otro nombre para ellos, más que asesinos. Cobardes asesinos tras un máscara de mentiras. Una máscara tejida con mentiras sobre la justicia y los derechos inherentes de una supuesta nación soberana. Una red de asesinos, en la que los cabecillas comían como reyes en grandes restaurantes, y conducían buenos coches, mientras jóvenes a los que les habían lavado el cerebro manchaban sus manos con la sangre de los inocentes.
Lo comenzó a inundar un sentimiento extraño, uno que no había sentido nunca. Un sentimiento que no conocía, y al que no pudo dar nombre. No era frustración, no era miedo, no era tristeza. Era peor que la ira, peor que un odio visceral, y mil veces más horrible que todos juntos. Era algo más doloroso que la impotencia, y más vil aún.
Sacó su placa del bolsillo y la mantuvo durante unos segundos en la palma de su mano. Al principio todo era distinto. Creía que significaba respeto, y autoridad. Ahora veía como el respeto echaba humo y como la autoridad se había desvanecido. Veía como todo aquello por lo que había luchado, se había ido con el último suspiro de su mejor amigo. Ya sabían lo que significaba ser policía, pero nunca, ni de lejos, podrían haber imaginado que les tocaría a ellos. Tanto dolor, tanto sufrimiento. Y todo por una estúpida cuestión sin sentido alguno. Algo por lo que no merecía la pena pelear. Pero los habían marcado como enemigos del pueblo, los habían marcado al fuego, y no podía borrar aquél estigma. Eran un blanco en movimiento, una diana móvil a merced de las miradas de miles de tiradores sin escrúpulos cuya única intención era apretar el gatillo y cobrar la pieza. Si no estabas con ellos, estabas contra ellos y, por lo tanto, muerto.  Aquella misma noche, al llegar a casa, se voló los sesos con su propia pistola.
Como el narrador del "Tales from thr Cript", Hitchcock u otros, haré una pequeña valoración final, si me lo permitís. Este hombre no comprendía el significado de perdón ni paz interior. Ni el odio, ni el rencor, pueden matar, pero sí el hombre que los cobija. Y matará, tanto a otros, como a sí mismo.